Vainilla y Chocolate

Vainilla y Chocolate
(2010)

Marisa se fija en los precios escritos en el mostrador y revisa una y otra vez su billetera. Abre el cierre del costado y cuenta las monedas. Un par de cálculos rápidos después, da media vuelta y se agacha, “Ya, ¿quieren tomarse un heladito?” La respuesta de los dos chicos es instantánea: entraron a la heladería sin haber esperado nada y la pregunta por fin les daba una certeza.

“¡Yo quiero uno de vainilla!” dijo entusiasmada Antonia, la mayor, con los ojos bien abiertos.

“Ya, uno de vainilla para la Anto… Usted, ¿de qué sabor quiere?” preguntó Marisa al segundo.

“¡De chocolate con frutilla!” le respondió Mateo. Marisa volvió a revisar los precios del mostrador.

“No, no puede ser de chocolate con frutilla, tienes que elegir: chocolate o frutilla.”

“Pero yo quería de chocolate con frutilla, mamá…” contestó.

“Si sé, mi niño, pero por más que quiera, la mamá no puede comprarte uno de dos sabores, ¿me entiendes? Por mí, que se llevaran de todos los sabores, pero no se puede,” le dijo Marisa. Nuevamente dio la vuelta hacia el mostrador y confirmó lo que pensaba. “¿Chocolate o frutilla?”

“Chocolate, mami,” dijo Mateo, mirando hacia el suelo. Antonia los miraba a ambos.

“Ya, acompáñenme, vamos a pagar los heladitos y los pedimos,” dijo Marisa a sus dos hijos, tomándolos por los hombros, uno a cada lado.

 

Se sentaron en una mesita afuera del local. Antonia y Mateo juntos y frente a ellos Marisa, quien los miraba mientras se tomaban sus helados. Felices, y a la vez con un dejo de tristeza. Marisa miró la hora en su reloj, ya eran las seis. Pronto iba a oscurecer y tenían que llegar a algún lugar. Volvió a revisar su billetera, habían un par de monedas y un saldo de la cuenta del banco. Tenía sólo para un par de días de bencina, después ya no sabría qué hacer. “Antonia, mi niña, ¿puedes cuidar a tu hermano un ratito mientras voy al teléfono? No me demoro nada.”

“Si mami, yo lo cuido, no te preocupes,” respondió Antonia. Con diez años ya tenía a alguien a su cuidado, lo que la hacía sentir orgullosa. Mateo levantó la vista del helado al sentirse aludido y miró a su mamá caminar hacia el otro extremo del servicentro. Sentía que no necesitaba que nadie lo cuidara, ya era capaz de cuidarse a sí mismo.

Marisa tomó su celular, buscó un número y abrió su billetera para sacar un par de monedas. Tomó el auricular, puso las monedas en la ranura y revisó dos veces el número en la pantalla antes de marcar. “¿Aló? ¿Mamá?”

“¿Marisa? ¿Eres tú?” dijeron al otro lado de la línea.

“Mamá, sí, soy yo…”

 

Marisa colgó el auricular de vuelta en el teléfono, respiró hondo y caminó lentamente de regreso a la mesita donde estaban Antonia y Mateo. “¿Y? ¿Cómo estaba el helado?”

“¡Rico!” respondió Antonia. “Pero mami, cómprate uno tú.”

“No, para mí no, Anto… No soy muy fanática del helado…”

“¡Pero si a ti te encantan!” contestó la niña.

“Es verdad, es verdad, pero… pero tengo algo de frío, y me puedo resfriar… y si me resfrío, ¡los contagio a ustedes también! ¡Y no creo que quieran tomar de esos jarabes tan malos!” dijo Marisa.

“¡Noooo!” exclamaron los niños al unísono.

“Pero mami, mira, te dejé esto que sé que te gusta…” dijo Mateo, pasándole el último cachito del barquillo.

“¡Muchas gracias, mi Mateíto!” dijo Marisa, recibiendo lo que quedaba del barquillo. “De verdad, muchas gracias, me encanta. Me encanta, está muy rico.”

Una vez que terminó de comer el barquillo, Marisa preguntó a sus hijos, “¿Alguien necesita pasar al baño antes que nos vayamos? ¿No, nadie? ¿Seguros?” Ante la negativa de los dos, ya era hora de partir. “Ya, súbanse al auto, vamos a echar un poquito de bencina y nos vamos.”

“¿Para dónde vamos, mami?”, preguntó Antonia.

“No nos vamos a la casa, ¿cierto?” dijo Mateo.

“No, no vamos a la casa, ¡vamos donde la abuela! Vamos para allá que la abuela los quiere mucho y tiene muchas ganas de verlos,” contestó Marisa. Echó a andar el auto, avanzó hasta el dispensador de bencina y usó lo poco que le quedaba de dinero para cargar combustible. 

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