Espere mientras se instalan las actualizaciones. 1 de 19.

Nunca he sido muy dado a todo el aparataje tecnológico. Mi primer pendrive lo tuve a finales de 2005, cuando estaba saliendo del colegio. Lo mismo mi primera cámara digital -que es la que sigo usando hasta el día de hoy-. Cero iPods, iPhones y demases artilugios de la factoría de Steve Jobs. Es más, recién cuando entré a la universidad, en 2006, fue que cambié mi computador. Y ni siquiera compré el más moderno ni nada por el estilo, era uno de esos mi primer wc en oferta y que muchas canas verdes les hizo salir a mucha gente. Pero era fiel, y hasta el día de hoy me sigue sirviendo, y muy bien.

No me obnubila la tecnología, para nada. No obstante, cuando ya me encontraba haciendo las piezas gráficas y presentación para mi proyecto de título/tesis, entre junio y agosto del año pasado, me di cuenta que necesitaba un cambio. Mi viejo computador ya no estaba aguantando el zarandeo entre Photoshop, Illustrator e imágenes de gran tamaño y una infinita cantidad de capas. Y, de pronto, después de pasar -por quinta vez en una semana- de largo tratando de terminar la misma gráfica que venía trabajando desde las siete de la tarde del día anterior, y luego de pillarme a punto de patear la PC, me di cuenta que necesitaba otro equipo. Y así fue como me endeudé por dos años en comprar mi nueva -y primera- laptop una semana antes de presentar mi tesis. Nunca me imaginé que me iba a fallar a los diez días de comprada, que la tienda y el fabricante se harían los desentendidos y que tendría que pelear por un mes para que me la cambiasen por una nueva, pero eso ya es tema para otro día.

Toda escoba nueva barre bien, eso es muy cierto. Pero al mundo de los computadores, por lo menos, hay algo más. Además de toda la lata de tener que instalar todos los programas que usas -y darte cuenta que no puedes poner los mismos que en tu computador viejo porque ya no son compatibles-, vienen esas cosillas que llegan por sorpresa. Recuerdo que yo tenía planificado poder irme a dormir temprano la noche antes de presentar mi tesis, puesto que me tocaba a las 8 y 30 de la mañana -madrugada aún para mí-, pero mi plan nunca fue: mi obsesión por tener todo perfecto hizo que terminara pasando de largo y terminando de editar mi presentación hasta el momento en que apagué el laptop para salir en la búsqueda de un transporte rápido y veloz hasta mi universidad.

Luego que mi amiga Feña me pasara a buscar (a cinco cuadras de donde estaba yo, con mi bolso, laptop y una rodilla inflamada a morir), conversar con ella durante el camino mientras estudiaba apresurado mi marco teórico y de cojear desde el estacionamiento hasta el tercer piso del edificio de aulas, tiré mis bártulos detrás de la última fila de asientos del auditorio, me senté y prendí mi laptop, para poder grabar el CD que debía ir junto al libraco de 180 páginas que era mi tesis. Tremenda fue mi sorpresa cuando me fijé en la pantalla y ominosa sentencia encontré a lo ancho: Espere mientras se instalan las actualizaciones. Instalando 1 de 19. Menudo lío.

Eran casi las nueve, y entre el stress de tener que presentar el que sea tal vez el trabajo más importante de mi vida. La comisión que me iba a evaluar ya estaba instalada en el auditorio, los de audiovisual no llevaban el mando para pasar la presentación, debía aún grabar el CD y terminar de editar el powerpoint, y nada. Actualización 4 de 19. No apague el equipo. Quería tirarme del balcón hacia abajo. Además, ni siquiera había alcanzado a tomar un vaso con agua o comprar algo. Tenía la boca seca y ya me estaba costando hablar. Mal, todo mal.

Actualización 7 de 19. No apague el equipo. Actualización, ¡mis pelotas! La presidenta de la comisión deja de hablar con los otros dos miembros y empieza a mirar hacia arriba y hacia los lados, mi armada de invitadas ya habían comenzado a sentarse, los de audiovisuales nunca llegaron, no tenía el CD grabado y mi presentación seguía durando por lo menos 25 minutos más de lo que correspondía. Genial timing. Pero con personas a las que conoces bien hace ya un tiempo, a veces sólo basta una mirada de reojo para que te entiendan. Y fue así como un par de mis amigas fueron a conversar con la gente de la comisión, para hacer tiempo. Felicidad. Actualización 13 de 19.

Y como pasa en esos momentos decisivos, de repente la sensación del tiempo se volvió demasiado extraña. No sé cómo fue, por qué es que pasa, pero a veces sólo pasa. Como en un cuento de Borges. De la actualización 13 avanzpo todo muy rápido hasta la 19, y no me di ni cuenta cuando por fin ya podía abrir el programa para seguir cortando partes de mi presentación -aunque a pesar de todas las ediciones, igual me tomó más de 35 minutos- y grabar el CD. Todo esto mientras hacía tiempo entre que me levantaba de la última fila del auditorio, avanzaba hasta los conectores y simulaba no saber cómo conectar los cables o pasar la pantalla de mi laptop hasta el data. Todo un espectáculo.

Al final, como en esos momentos en que lo peor puede pasar pero algo ocurre para que precisamente todo lo que puede salir mal salga bien -o algo así-, alcancé a tener todo listo a tiempo. CD grabado y guardado en la contraportada del libro, presentación lista, todo listo. Bien. Por fin. Pero esa sensación de estar caminando en el cadalso es para no volver a vivirla jamás. Dios, si hubiese tenido a Bill Gates frente a mí en ese momento, se habría llevado el rosario de su vida, de esos que sólo Patty Cofré sabe proclamar.

Entonces, ¿a qué voy? Siempre hay cosas impredecibles que pueden venir a arruinar aquello por lo que has trabajado un montón. Y arruinarlo con todo. Pero dentro de esa agitación, en esos momentos en que estás con la adrenalina a mil, pareciera que vienen los momentos más grandes de iluminación. Desperate times call for desperate measures. Y lo otro: ¡debieran preguntarme cuando quieran instalar sus putas actualizaciones! ¡Yo veré cuándo pueda!

 

 

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